La fuga, por Iván Olguín

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Al anochecer Bastián oyó un extraño silbido que se acercaba al campamento e inmediatamente supo que los habían alcanzado. Presa del pánico, no acabó de tomar aire para dar aviso al resto, cuando una jauría de enormes perros cayó sobre ellos, hombres y mujeres que descansaban luego de todo un día caminando bajo el sol abrazador. Bastián se vio en el medio del caos mientras la multitud despavorida corría en busca de un lugar donde refugiarse del ataque. En el medio de toda esa confusión, abriéndose paso a trompicones, una de las bestias se colgó de su mano y sacudió coléricamente la cabeza, llevándose consigo dos de sus dedos y tirándolo al suelo, donde perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, Gabriela lo arrastraba detrás de un montículo de piedras que ellos mismos apilaron para cubrir los cuerpos de quienes no resistieron la marcha.

 – Eso es, apóyate en mi hombro y muerde esto, hay que limpiar la herida– Sin poder contener las lágrimas y ahogando un grito, Bastián resistió mientras Gabriela vendaba lo que le quedaba de mano– La mayoría huyó hacia el norte, a las cuevas, debemos seguirlos si queremos tener alguna oportunidad de sobrevivir, ¡Bastián!, ¡no te duermas! ¡debemos llegar a las cuevas! –  Enmudecido, entre temblores y calambres, Bastián asintió y su compañera supo que estaba listo, se pusieron de pie rápidamente y ambos emprendieron rumbo al norte.

No era la primera vez que su nueva amiga le salvaba la vida. El día de le revuelta, cuando a los guardianes no les quedó más alternativa que abandonar la prisión, Gabriela se había mostrado muy hábil a la hora de destrozar a cualquiera que intentase acercarse ellos, especialmente a Bastián, a quien rescató justo en el momento en que una decena de hombres se disponía a molerlo a golpes, ese día Gabriela fue la única que quedó en pie y sus atacantes, por otra parte, nunca serían capaces de salir de la prisión. Desde entonces la leyenda de Gabriela fue creciendo como bola de nieve y no eran pocos los que afirmaban que fue ella quien mató al primer guardián luego de una discusión, que ella inició el motín, el mismo día en que cumplió su primera semana de encierro.

– ¿Qué fue lo que ocurrió realmente? – Preguntó Bastián cuando el rumor llegó a sus oídos.

– Lo maté porque no entendía razones– Respondió Gabriela encogiéndose de hombros.

 A medianoche finalmente alcanzaron al resto del grupo y Bastián se sintió aliviado al saber que aún quedaban cientos de sobrevivientes decididos a empezar de nuevo, lejos de aquella tierra olvidada, al otro lado de las cuevas, donde esos malnacidos jamás se atreverían a entrar, o al menos eso creía Gabriela: “Digamos que las cuevas son la puerta a un nuevo mundo, a un mundo mejor. Aparecieron hace siglos y de sus profundidades emergió… algo… o alguien, y ofreció a los guardianes toda clase de obsequios y verdades que cambiarían el curso de la historia, ese ser prometió que volvería, siempre y cuando ningún humano entrase a las cuevas, jamás. – Los testigos juraron proteger la entrada y encerraron a cualquiera que intentase acercarse, si te aproximas demasiado, el castigo es la muerte

 – Y aquí estamos nosotros – pensó Bastián – intentando romper la promesa que la humanidad hizo hace miles de años atrás, sólo para encontrar una nueva vida, donde nadie recuerde las cosas terribles que hicimos, lo que yo hice…

Era una noche sin luna y les costaba un enorme trabajo caminar en la oscuridad, cuando avanzaron un par de kilómetros la sed y el cansancio obligó al grupo a descender a la cuenca de lo que en otra época fue un caudaloso e imponente río y que ahora se reducía a una suerte de pantano cuyas aguas mostraban distintas tonalidades a medida que se acercaban. Cuando probó el agua, Bastián sintió ganas de vomitar y perdió el equilibrio, involuntariamente apoyó en el suelo la mano herida, aturdido por el dolor se giró y derramó el agua que el grupo había recolectado. Una multitud furibunda se volteó hacia él y estaban a segundos de lincharlo cuando Gabriela saltó hacia adelante protegiéndolo con un brazo y una mirada amenazante en el rostro. El gentío se dispersó rápidamente y ambos decidieron que lo mejor sería descansar a cierta distancia del resto.

–Si sigo vivo es sólo gracias a ti Gabriela, estos tipos no me quieren con ellos, incluso entre los criminales soy un marginado, existen crímenes imperdonables y ellos lo saben, si tu supieras por qué me encerraron, si supieras lo que hice… no querrías viajar conmigo–

Gabriela abrió la boca para responder, cuando algo captó su atención.

Bastián se sobresaltó al oír los gritos provenientes de la orilla del pantano, ya no se trataba de perros, sino que de los propios guardianes que, lanzas en mano, asesinaban a todo el que tuviese la mala suerte de cruzarse en su camino. La pareja emprendió la huida rápidamente al otro lado de la cuenca, sin mirar atrás, Bastián sentía que la mano le estallaría. Tenía la respiración agitada y por momentos quería vomitar. Pero no podían detenerse, ya solo quedaban ellos, podía oír los chillidos a sus espaldas, un coro de lamentos, la desesperación de sus compañeros cuando la vida los abandonaba. Corrió ladera arriba a duras penas, en ese momento la idea de morir le pareció tentadora, pero se obligó a continuar. Una vez en la cima avistó a lo lejos una enorme grieta que se adentraba en un pequeño montículo de mármol. Gabriela lo empujó:

– ¡Allí están! ¡las cuevas! ¡corre y no mires atrás Bastián!, yo voy contigo– Sacando sus últimas reservas de energía, los dos únicos sobrevivientes comenzaron una frenética carrera colina abajo. Bastián podía escuchar la desesperación de sus persecutores que vociferaban toda clase de amenazas. Oía el ladrido de los perros a pocos metros de distancia y por momentos creyó que todo llegaría a su fin – no puede ser, estuvimos tan cerca– Sin embargo, cuando ya alcanzaban a ver la entrada de la cueva, vio a Gabriela girarse y encarar a los guardianes, que se frenaron de golpe y, tras un breve cruce de miradas, el que parecía ser su líder se acercó lentamente a Gabriela, esta última se dirigió a Bastián.

–¡Entra!, no lo pienses más, allí está tu libertad.

Bastián se acercó a la entrada e intentó mirar en su interior, la oscuridad le impedía ver, pero le pareció oír gritos y llantos, gritos inhumanos, aullidos de locura. Pensó en dar la vuelta, avisar a su amiga, pero recordó todo lo que habían vivido desde el día de la fuga, recordó a Gabriela, luchando por protegerlo. Tal vez ellos dos podrían estar juntos, le podría enseñar sus juegos, esta vez nadie se opondría, esta vez nadie lo encerraría, era una mujer hecha y derecha, no habría razón para encerrarlo. Cerró los ojos y dio un paso adelante.

El capitán de los guardianes se acercó torpemente a Gabriela, intentando disimular su miedo.

–No le has hecho ningún favor ¿sabes? a tu amigo, lo que le espera allí adentro es peor que la muerte, por eso los matamos, para protegerlos de eso. –

–¿Amigo? Vine desde las profundidades para llevármelo sólo a él, si supieras lo que les hizo a esas mujeres no intentarías salvarlo. Bastián merece algo peor que la muerte –Gabriela se dio la vuelta y caminó hacia la cueva, los gritos de Bastián ya se oían desde el exterior. Un terrible escalofrío recorrió la espalda del capitán.

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