Piturria, por Ludwin Zavala

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El pequeño vehículo se alejó lentamente, los niños miraban con sus caritas tristes por la luneta trasera, empañando el vidrio con su llanto, no pudiendo controlar el dolor de ver a su fiel amigo, su compañero, protector, su hermano peludo, jalando desesperadamente de la cadena con que le ataron antes de salir de la casa, la que la familia estaba dejando obligadamente atrás.

Los desgarradores aullidos del quilterrier destrozaban el alma. No podían llevarle consigo, no había lugar en el carro para un viaje tan largo, tampoco en el viejo departamento hacia donde se dirigían, además de a cuidar a la octogenaria abuela, a intentar una nueva vida, un nuevo comienzo desde cero, sin empleo y sin ahorros. La enferma soledad de la abuela se hacía entonces muy oportuna.

Sin comprender razones, el animal rasga su abandono, limitado por la pesada cadena que no le permite correr por el sitio, tampoco jugar con los niños, ya no están; el patio se le hace inmenso y desolado sin ellos. El silencio sepulcral sólo se ve interrumpido por sus propios gemidos, mirando hacia el cielo con los ojitos vidriosos, como implorando a Dios que le despierte de aquella horrible pesadilla.

Hacía cuatro años atrás los niños lo encontraron abandonado, desnutrido, apestoso, moribundo, siendo sólo un cachorrito, evidentemente destetado de manera abrupta. En medio de un improvisado basural contiguo al camino de ripio hacia la parcelita, se cruzaron con aquel par de ojitos asustados, llenos de secreciones infecciosas y de lágrimas de abandono; de allí le bautizaron como Piturria.

El acuerdo con el dueño del inmueble era que ellos le depositarían progresivamente, mes a mes, hasta completar la renta adeudada, y que él se encargaría de alimentar al guardián, el que tendría la responsabilidad de continuar cuidando de la propiedad.

Cumplía a cabalidad con su misión, aunque la alimentación no llegó sino hasta unas semanas después de haber quedado solo. La bolsa de alimento cayó desgarrándose en el piso, a casi un metro de distancia del alcance máximo de las férreas ataduras que ya habían provocado profundas heridas en su cuello. Gracias a la abundante lluvia, había podido al menos hidratarse con el agua acumulada en un ya verduzco balde.

Aún herido, sin fuerzas, muy debilitado, a la hora de proteger la casa de extraños no claudicaba, desconociendo incluso títulos de dominio; ese era territorio de la familia y él lo cuidaba con todo su ser.

El saco de alimento no era pequeño, por lo que el asustado propietario seguramente lo dejó caer confiando en que sería ración suficiente como para un mes. La verdad es que Piturria jamás pudo probar del alimento; lo que no se perdió con la lluvia, lo comieron los pajarillos a los que el solitario guardián autorizaba a hacerle algo de compañía.

El trinar de las aves viniendo por comida fácil se convertiría en las alegres risas de los niños, el largo y descuidado césped y las sombras de las ramas de los árboles movidos por el viento, se convertían en ellos corriendo por todo el sitio persiguiéndole. Con cada ya dificultoso respiro recordaba sus caricias, los cuidados que le dieron, las veces que orinó dentro de la casa sólo para llamar la atención. Aquellas visitas al humano con delantal y guantes; él sabía cada vez que eso ocurriría, los niños alborotaban la casa en los días previos, sacando diversas cosas y las intercambiaban por pequeños papeles de colores y medallitas de metal que contaban una y otra vez.

Quizá aquel hombre podría sanar sus heridas y calmar su dolor, pero ¿quién le llevaría allí?, no tenía siquiera unos pocos papelillos de color ni medallitas.

Sólo tenía cada nuevo día más dificultades para ponerse de pie, para imponer sus desafiantes ladridos ante potenciales intrusos, su visión ya se nublaba, imaginando mejor a sus amados niños con los ojos cerrados, los recuerdos eran más vívidos de esa manera, esos mismos ojos que desprendían secreciones purulentas en cada parpadeo, eso ojos que se secaban con cada lágrima derramada.

A cientos de kilómetros de distancia, en un añoso departamento, los niños recordaban a su Piturria con desgarradora tristeza, mirando a la abuela como cerraba lentamente sus ojitos para siempre.

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26 Comentarios. Dejar nuevo

  • Nancy Arancibia
    23 septiembre, 2021 7:30 am

    Muy triste, tuve un nudo en mi garganta todo el tiempo que lo leí.

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    • Consuelo chica Cortes.
      24 septiembre, 2021 1:36 pm

      No existe una razón en el mundo para abandonar nuestras mascotas es la más cruel de las acciones del humano, por eso no me agradó el relato, aunque esta bien logrado.

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  • Gabriel Rojas Iglesuas
    23 septiembre, 2021 11:52 am

    Hermoso cuento. Una triste realidad tan frecuente por los caminos que rodean la capital. Contada con mucha emoción mantiene en todo momento la atención.

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  • Outch!

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  • Es un buen relato con un cierre poco esperado.

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  • marina.cardenas0908@gmail.com
    23 septiembre, 2021 4:33 pm

    Si me gusto. Y refleja una realidad latente en las calles dia a dia.
    La mirada del animalito. Como vive y siente descrita en el relato, da a conocer que un animalito es u ser vivi que necesita amor y cariño como la necesita un ser humano,y muchas veces las personas no lo ven .

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  • FERNANDO CAMPOS
    23 septiembre, 2021 9:24 pm

    LO ENCONTRE MUY TRISTE SIN NINGUNA LUZ DE ESPERANZA Y DESGRACIADAMFNTE.PASAN COSAS MAS DOLOROSAS CON LOS SERES HUMANOS

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  • La tragedia perfecta, o imperfecta . Podrían haberlo regalado, o al menos dejarlo suelto. Una vez alguien me dijo : «Una cosa es emocionarse o reírse con el lector, y otra reírse del lector». Aparte de eso, bien desarrollado y claro.

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  • Muy bien relatado este cuento..es triste..asi es.logras remecer el sentimiento de abandono y fin de un peludo amigo que algun dia fue feliz

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  • rafael rengifo jiménez
    24 septiembre, 2021 8:42 am

    No es cuento, es la realidad acerca del maltrato animal, más acentuado en esta época de pandemia. Al parece Piturria cerro sus ojitos al tiempo de la abuela. Dejó de sufrir¡

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  • Me mantuvo muy atenta, expectante de un final feliz. Excelente relato, y un triste final

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  • Roberto Larenas C.
    24 septiembre, 2021 10:10 pm

    Queda demostrado en el relato la lealtad de una fiel mascota que a pesar del hambre y el sufrimiento por la ausencia de sus dueños….sigue cuidando ese hogar, que ya no era el suyo.✅

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  • Ilsa Maria Beltran Cifuentes
    25 septiembre, 2021 3:39 am

    Me pareció muy interesante todo el tiempo mantiene la atención del lector para ver qué va a pasar. Un cuento triste, desafortunadamente real en oportunidades
    felicitaciones .

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  • Demasiado triste!

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  • Mirta Agustina Zapata Infante
    25 septiembre, 2021 9:09 am

    Triste historia ,pero hace reaccionar el valor de nuestras mascotas .

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  • Si me parece que esta muy chevere la narrativa y ademas de eso hace una buena descripción con detalles mínimos dando así ese sabor de sentimientos en el lector.

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  • Luis valenzuela lucero
    25 septiembre, 2021 11:12 pm

    Realmente no me gustó el relato, mucho detalle que no dicen mucho, con el abandono de la mascota querida por los niños que al final hace un parangón con la muerte de la abuela, lo cual no se entiende mucho. No es para desilucionar al escritor, pero debe corregir más su escritura. Siga practicando.

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  • Con el escrito el autor despierta los sentimientos más profundos del lector: la piedad, la impotencia, el dolor del desvalido, el dolor del abandono.
    Excelente! Felicitaciones.

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  • NÉLIDA BAROS FRITIS, ESCRITORA DE COPIAPÓ.
    4 octubre, 2021 9:45 am

    El cuento Piturria expone una situación común de un suceso actual con un perro. Leerlo provoca sentimientos y emociones con respecto a los valores de las personas con los animales que se convierten en eslavos del amo y en la vejez propia del animal se les abandona. Las personas olvidan que los cuentos enseñan a chicos y grandes, hábitos, comprensión a situaciones de la vida donde se puede recapacitar sobre los problemas. En este caso regalar el animalito o levarlo a lugares de protección animal.
    En lo literario el autor puede rehacerlo más breve .

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  • «Además de a cuidar?»

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  • Un relato que consigue generar emociones, es porque está bien escrito. Y, en mi, generó tristeza hacia el perrito, empatía con la familia, rabia contra el cuidador. Y quedé pensando qué habría hecho yo en lugar de la familia… O sea, en mí, se cumplieron los principales objetivos de un cuento. Felicidades!

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    • Gracias Lily, claramente comprende de lo que se trata una obra literaria, por muy humilde y poco pretenciosa que esta sea, que precisamente es a lo que nos invita JC.
      Si aún no lo ha hecho, le invito a leer otro relato breve de mi autoría en este mismo sitio: «Viaje a casa»

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  • MARGARITA DE LA O LAVALLE
    14 octubre, 2021 10:31 pm

    MUY TRISTE, CONMOVEDOR Y MUESTRA UNA REALIDAD CON LAS MASCOTAS. BIEN ESCRITO. ME AGRADÓ.

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  • ¿Cuál es su duda u observación?

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