El error, por Luis López

  1. Inicio
  2. Relatos Taller Creación Narrativa
  3. El error, por Luis López
Etiquetas: , ,

— ¡Tiene que morir! ¡Es inevitable! —exclama uno de los secuestradores.

Recibes la comida, pero no comes. Desde hace poco rato este infierno se transformó en algo peor que un infierno. Pero ¿puede haber algo peor que estar cinco meses en una habitación más pequeña que la de tu “Pastor inglés”? Sí, hay algo peor: la muerte.

—Es hombre muerto —señala Ramiro, jefe del grupo —solo falta definir quien lo hace.

Los encapuchados te culpan del fracaso de la operación. No te lo pueden perdonar. Maldicen también a tu padre, dueño del decano de la prensa chilena,  por no aceptar prontamente lo propuesto para tu libertad. El Negro, tu celador más comprensivo, ahora te fustiga por el grave error que cometiste. Entretanto, maldices a tu padre, pues esto no estaría pasando si no hubiera regateado tanto el pago del rescate. Piensas que tu madre hubiera dado su vida. Ahora es tarde, has estropeado todo y, tus captores, que no conseguirán el dinero, tampoco están dispuestos a perder algo más.

Dejas el plato sobre el camastro en que duermes. No comiste. Te paras para caminar en la diagonal que te permite el catre, tres pasos de ida y tres de vuelta, tres de ida y tres de vuelta.

Empiezas a valorar lo que tenías y piensas si acaso no era un exceso. Incluso aprecias la jaula donde estás y piensas que esto es mejor que lo que viene. Ya no te importa el encierro ni la música a todo volumen ni los focos ni los sedantes.

Ojalá fuera una pesadilla, pero estás más consciente que cuando vivías en la burbuja. Te preguntabas cómo te eligieron; ahora ya sabes que la elección no fue azarosa.

Duermes un rato. Sueñas que te rescata un comando con helicópteros. Pides clemencia. Prometes que si te liberan no dirás nada e incluso ofreces pagar tu propio rescate, pero es inútil, nada sirve. Nadie está dispuesto a arriesgarse, “la suerte está echada”.

El Negro te “echa en cara” que tu fatal destino quedó resuelto en el mismo instante en que, osadamente, le quitaste la capucha al comandante Ramiro, tu cuñado, esposo de tu hermana mayor.

¿Qué te pareció este relato?
Por favor, déjale un comentario al autor.
Entrada anterior
El horror de Trapalanda, por Ramiro Oliveros
Entrada siguiente
Un encuentro casual, por Mariana Ampuero

¿Te gustó el relato?
Por favor deja tu comentario.

Menú