El pájaro, por Benjamín Díaz Painecura

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Manuel rara vez faltaba a su trabajo. Su empeño era claro y las propinas como empaque en el supermercado le permitieron, a inicios del verano, ahorrar lo suficiente para comprar un pasaje a su pueblo natal. Ahí podría abrazar por fin a sus parientes.

La ciudad quedaba atrás, con sus basurales y sus riñas que eran el pan de cada día.

“Ahora – pensó mientras bajaba del bus – podré descansar y mirar el cielo azul”.

Luego de abrazar a su abuela, corrió al patio y se paró por largos minutos frente a aquel Castaño que lo cubría todo. Recordó los innumerables y frustrados intentos por subir a sus ramas cuando era chico.

De pronto, escuchó la voz de su Tata.

– Hijito, anímate. Es hora que subas hasta su cima.

– ¿Por qué Tata? ¿Por qué he de subir tan alto? – respondió Manuel, sin dejar de mirar el castaño que le parecía una montaña.

– Sube y verás –sentenció su abuelo.

Manuel trepó con gran esfuerzo hasta el primer vértice que dividía el gran árbol en dos partes. Luego tomó aire, apoyó el pie en un nudo de la rama y se encaramó a la siguiente. Allí se sentó un momento y notó, con temor, la considerable altura que ya había alcanzado.

Su abuelo lo volvió a animar.

-Sigue subiendo, hijito.

Mientras estudiaba el siguiente movimiento, Manuel divisó, por entre las hojas del castaño, el portón que daba al camino secundario. Recordó nítidamente el dolor que sintió aquella mañana nublada, al salir por ese mismo portón con su madre rumbo a Santiago.

Se dio valor. Agarró una rama más alta y se impulsó con fuerza, golpeándose de paso la cabeza. Instintivamente se aferró a esa rama y cerró los ojos por un instante. Se vio, como en una película, encerrado en el departamento donde vivieron de allegados en Santiago. La voz de su padrastro retumbó en sus oídos como un balazo: “¡Cobarde! ¡Eso eres, un indio cobarde!” Manuel, petrificado, masticó esas palabras y recordó el llanto de su vieja por las noches. Ahora comprendía porque ella era como era.

-Sigue subiendo, hijito. ¡Ya casi lo logras!

Abrió los ojos. La rabia lo impulsó a girar como un péndulo sobre la rama a la que se había aferrado. Se afirmó con ambas piernas de la siguiente rama y en un salto, que jamás imaginó poder realizar, llegó en dos ágiles movimientos hasta la cima del Castaño.

Acariciado por las hojas del enorme árbol respiró satisfecho. Se sintió pleno y liviano como un pájaro.

Su abuelo –que lo acompañaba desde algún punto del Wenumapu*– le confirmaba que ese era su lugar.

Manuel Soto Neculmán, entonces, extendió sus alas y alzó su vuelo hacia la siguiente estación.

____________

*El mundo de arriba.

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