El rostro, por Juan Pablo Rochette

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El vagón del metro quedó vacío al detenerse en la estación previa al destino final. Durante el tedioso viaje, fisgoneando el carro siguiente, estuve escrutando unas torneadas y seductoras piernas, cubiertas por unas medias delicadas pero sugerentes- Esas piernas, entrecruzadas, terminaban en puntiagudos y altos tacos, partían en unos tibios muslos que sólo una minúscula pero formal falda intentaban ocultar y escondía lo que debía ser una leve hendidura, en una mujer a la que no podía verle el segmento superior de un cuerpo, que se insinuaba excitante. ¿Como sería su cara? En mi ya afiebrada mente, imaginaba miradas, gestos, actitudes, todas ellas llenas de intención, fantaseando con la posibilidad que su deseo coincidiera con el mio y eso me permitiera examinarla, centimetro a centimetro con todos mis sentidos. El tren reinició su marcha y sólo quedamos ella y yo, aunque cerca, en carros separados

La corta distancia exacerbaba mi deseo de abarcarla completa con la mirada y resolver la curiosidad de si aquella parte que se ocultaba, era tan seductora como la que se ofrecía a la vista.  El ruido de los carros intensificó el morbo y la imaginación desató miles de escenarios eróticos posibles, tornando enloquecedoras esas solitarias piernas que ahora se movían libres y confiadamente.

El tren se detuvo y súbitamente recuperé la concentración. Me dispuse a bajar, pero lo hice calculadamente, esperando su avance para poder apreciarla y pintar el cuadro completo. Ella bajó y avanzó cadenciosamente, impulsada por un curvilíneo movimiento, que consiguió atraparme y obsesionarme con su exquisito revés. Quise adelantarme para intentar auscultar si sus ojos ardían como los míos, pero la salida de la estación nos puso en direcciones opuestas.

Hasta hoy suelo deleitarme fantaseando con su probable rostro y ese voluptuoso cuerpo caminando, ahora no en esa arquitectura de fierro y hormigón, sino desnuda en una solitaria y soleada playa.

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