Mi vida con mi nieta, por Susanna Pallavicini

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Tengo una vida plagada de mis reminiscencias, vivo para ellos, por ellos, claro, dicen que soy la vieja, la abuela. Recuerdo mis años de niñez en la montaña, extraño los Alpes, amaneceres buscando la leche, preparando la mantequilla y por las tardes bordando, tejiendo frente al fuego, en la ventana la blanca nieve cayendo y las palabras de las cascadas que se deslizan por las piedras. Mi padre y mis hermanos siempre cuidando los animales, era mi familia en la nobleza del verdadero trabajo.

Yo aquí en esta ciudad, sin que ella atisbe un momento el pensar llevarme a mi pueblo, tiene tanta faena, ¿de qué trabajo habla? Dejó su carrera por ese Cine, no me gusta, pasa horas leyendo sin hablarme. Estamos solas en esta ciudad eterna, a mí la lectura me cansa, llega con libros que le regalo al vecino, un hombre torpe pero al menos siempre me escucha, no como ella que pidiendo perdón, todo lo soluciona.

Claro, está siempre entre la universidad y su trabajo, ella con su pelo suelto hablando en dialecto, con un grupo de comunistas que no saben ya nada de la guerra, se dicen intelectuales, pero si nunca conocieron a los grandes poetas, menos al Duce y a mi amado marido, él sí tenía una gran profesión, servía a su país; me pregunto qué aporte entrega la famosa cinematografía, yo escucho la radio fuerte, soy sorda, al menos a las dos nos gusta la ópera.  Ella que debía ser médico y cuidarme, manda una enfermera para mis achaques y llega tarde, dice que trabaja, camina sola por las calles en las altas madrugadas, está loca, duerme poco, se ve fea, tiene ojeras, está flaca, escuálida, desordenada, tiene mi sangre, cómo me duele mirar sus venas que son nichos de otras razas, no la nuestra.

Ahora, con el paso lento del tiempo nos soportamos, a veces le preparo pasta y los días que llega con sus izquierdistas llenos de ideas, cocino algo para comer a ver si con la boca llena, no los escucho tanto.

Pero un día mi hastío llegó al fin de un camino.

Con gran fortuna me lleva a la misa en la plaza los domingos, ¡claro, cuando puede! Tomamos el café con un bizcocho, hablando de sus necedades, mientras lee sin prisa su periódico.  Entonces, en una de mis tantas tardes sola en casa, escuchando la radio nació mi idea: desaparecer este enjambre de persona y yo vuelvo como debe ser a mi añorada aldea. La lloraré, pero no mucho, solo cuando mi hijo me escuche. Soy una triste anciana, nadie me entenderá.

Un séptimo día de la semana, la ciudad estaba radiante, era una hermosa mañana, como ella tiene mala su visión de tanta estupidez que hace, sería fácil, el astro de la mañana me ayudaría, el sol la daña. Salimos temprano, pues como les digo, ella no duerme, ¡es tan rara! Fuimos al mismo bar de cada domingo, tomamos el café, hablamos de sus cosas, las mías no importaban, sólo las pastillas que faltaban y la enfermera que me cuida. Esas son nuestras conversaciones, pero hay veces en que en tono amoroso me dice abuela, teje esto para mí, borda esto otro para enviarlo a casa, es decir, soy la abuela hormiga con medicamentos todo el día.

Nos acercamos a la plaza para escuchar la misa del Santo Padre, así mi corazón quedaba tranquilo al sacar de este mundo a tan estólida persona, mi sangre descansaría en cual perfecto linaje. El empeño era suprimir de mi vida la piedra de tope más grande que tengo, esa mujer indeseable.

Cruzamos por la gran vía, ella siempre por delante, yo con mi bastón, ella se detiene en cada lugar donde están sus benditos libros, yo la espero.

 – Nonna, ¿quieres una revista o un libro? – me pregunta; lógico, jamás piensa que no me gustan, pero trata de preocuparse, representar que me quiere, pero yo tengo claro que soy lo único que tiene.

Mi bastón es grande y hermoso, según la flaca huesuda, lo tenia mi hija en el norte, era de un tío abuelo dejado por la espantosa herencia de la guerra. Cuando terminaba un bombardeo, salíamos a revisar qué destrucción había quedado en el pueblo, nunca faltaba el muerto que debíamos cubrir y avisar para que se lo llevaran. La guerra me enseñó tanto de la parca, que uno más es casi una broma.

Caminamos un rato para tomar el sol de medio día, las avenidas en esta ciudad son un caos, los conductores no se detienen para observar nada. Fue aquel día el momento, el único que tuve, con mi bastón podía empujar su caminar de mujer tonta y un automóvil o una motocicleta por fin callarían sus pasos. Cruzando la avenida hice mi mejor maniobra, la velocidad de esa máquina me ayudaría, la hice rodar por el piso. Puse cara de asombro, traté de gritar y no reír, pero como siempre sus huesos son de plomo, la muy cretina logró pararse, el artefacto en movimiento frenar, un policía la ayudó, al estúpido conductor una amonestación le llegó y ella sólo el golpe de mi bastón y una pequeña hinchazón en su rodilla… logró zafar. Esa tarde nos volvimos al bar para que tomara agua y un café, la muy estúpida me pidió perdón y me dijo:

– Abuela, ¿qué harías sin mí? Me asusté mucho. Quiero ser fuerte y grande también por ti. Este tráfico es un infierno aquí.

Así pues hoy preparo pastas, me tiene prometido un viaje a mi terruño, claro, el próximo mes, ahora trabaja en eso llamado películas y yo en casa esperando su llegada para escucharla relatar tantas indiscriminadas historias del día, como su cabeza flaca en pocos minutos logra descifrar y yo siempre pensando si tendré otra oportunidad.

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